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09/05/2021

Tom Zé

A los 84 años, el cantautor trabaja en un musical y un disco sobre la lengua portuguesa confinado en su apartamento de São Paulo

— ¡Tom Zé! ¡Tom Zé! ¡Tom Zéeeee!

Neusa, su mujer y representante, tiene que llamarlo cinco veces para que finalmente se ponga al teléfono. Tom Zé, nacido en Irará hace 84 años, estaba tomando notas. Desde marzo del año pasado, cuando estalló la pandemia de la covid-19 en Brasil, el cantautor ha trabajado mucho. Suele acostarse temprano, sobre las nueve de la noche —un poco más tarde cuando hay algún partido de fútbol— y se levanta a las tres de la mañana. A las cuatro comienza su proceso creativo, que compagina con el cuidado de las plantas de su apartamento en el barrio de Perdizes (São Paulo), una afición que tiene desde hace muchos años. Su próximo disco, que nace de un musical en el que está trabajando con el dramaturgo Felipe Hirsch, será un estudio de la lengua brasileña.

”Como la pandemia estaba retrasando las fechas del musical, [Hirsch] me llamaba y me decía: ‘Tom Zé, vamos a aprovechar para escribir más canciones, vamos a hacer que el musical sea más musical’. Como soy lento para hacer música, aproveché. Ya he hecho más de 50 canciones. Cumplo con mi deber”, se ríe. Y su deber incluye una meticulosa investigación de los obstáculos históricos, políticos y culturales de la lengua, en un viaje que va desde el cancionero celta hasta los pormenores de la dinastía carolingia. Un conocimiento que vierte en casi dos horas de conversación con EL PAÍS.

”Todo esto nació del verso de Olavo Bilac La última flor del Lacio, inculta y bella. La última flor es la lengua portuguesa, considerada la última de las hijas del latín. En la Edad Media, Roma invadió toda Europa y todo se convirtió en gótico romano, pero la canción brasileña proviene del gótico árabe. Primero, procede del chantalon, que es la música religiosa de la civilización celta y que alcanzó los grados más altos de la nobleza. Luego, recibió la influencia de los cancionistas árabes, en el siglo VIII”, explica.

Tom Zé defiende fervientemente la tesis de que la tropicalia nació justamente de esta tradición mozárabe (de los cristianos hispanos que vivían en territorio conquistado por los musulmanes), que también ve reflejada en varios pasajes de su infancia y juventud en el sertão, la región semiárida del interior de Bahía. Por eso es El último tropicalista, como dice el título de su biografía, escrita por el periodista italiano e investigador de música brasileña Pietro Scaramuzzo. Durante casi un año, ambos hablaron todas las semanas por teléfono y videollamadas para repasar los recuerdos e inspiraciones del artista brasileño. Y eso que Tom Zé dice que apenas sabe encender un teléfono móvil.

“La tienda de mi padre, en Irará, fue mi primera educación, porque los clientes eran los hombres del campo. Hasta los ocho años, fui educado sin Aristóteles y solo con la cosmovisión mozárabe, que es la que circula allí, a través de las danzas y las fiestas populares”, recuerda Tom Zé, refiriéndose a tradiciones culturales como la chegança y el bumba meu boi. “Aprendía de lo que veía. Realmente, soy un nordestino muy nordestino”, se ríe.

Tom Zé, que creció entre la tienda de su padre y los almuerzos con “muchos tíos comunistas”, solo descubrió a Aristóteles a los ocho años, en la escuela primaria, y este encuentro fue definitivo para que otros —principalmente con Gilberto Gil, Caetano Veloso, Rita Lee y los demás tropicalistas— fueran fructíferos. Después de recorrer 163 kilómetros en la parte trasera de un camión para ir a la escuela en Salvador, Toinzé, como se le conocía en Irará, ya no era el mismo cuando regresó a la pequeña ciudad.

”Era raro cuando el profesor abría la boca, porque yo entendía lo que decía, pero en casa el pensamiento era diferente. Recuerdo que me pasé tres días sentado en una escalera de casa que daba a una vegetación precabralina, por así decirlo, y de espaldas a la ciudad, donde estaba esa civilización que fui a ver el primer día de primaria, y pensaba: ¿el mundo será así? Era solo Aristóteles, Aristóteles, Aristóteles. Defiendo la tesis de que Caetano y Gil tomaron estas reflexiones, que fueron un tiro al hipotálamo, para construir en Brasil la tradición de un arte más fuerte”, dice Tom Zé.

Para él, los genios son solo Gil y Caetano. Él ni siquiera se ve como un intelectual. “Soy una persona sencilla, quizás inteligente. Trabajo, hago música, pero lo que vi hacer a esos hombres, hija mía, es de otro mundo. Incluso espero que mi capacidad pueda dar crédito a esa afirmación”. La admiración es tan grande que Tom Zé no está resentido por haber tenido, en el apogeo del tropicalismo, menos éxito comercial que sus colegas. Irónicamente, el último tropicalista obtuvo más éxito cuando David Byrne, líder de los Talking Heads, descubrió su música en Bahía en 1989 y la llevó al mundo.

“Convivíamos principalmente en el apartamento de Caetano, en el centro de São Paulo. Yo escribía por la noche y ellos no se despertaban hasta la una de la tarde, yo me levantaba temprano y escribía un poco más, siempre intercambiábamos las canciones”, recuerda. Es lo que ocurrió, por ejemplo, con 2001, originalmente titulada Astronauta libertário, que Tom Zé escribió, pero la rechazó y se la pasó a Rita Lee: “Entonces Rita hizo algo sensacional. Hizo con esta canción lo que Kubrick hizo con 2001: una odisea del espacio. Prácticamente se convirtió en una canción caipira europea.

Para alguien que tuvo que esquivar la censura de la dictadura militar brasileña, Tom Zé se sorprende por el tipo de autoritarismo que ve hoy en el Brasil, que, según él, es diferente al de entonces, pero aún más agudo debido a internet. “En la época del impeachment de Dilma [Rousseff] hice algunas canciones contra [el expresidente] Michel Temer y, un día, Neusa se metió en el ordenador y había más de 3.000 mensajes de amenazas. Se puso a temblar de miedo por las cosas increíbles que me decían y me pidió que dejara de escribir eso, porque no quería perder a su marido. Eso funciona como la censura. Una censura que, en 1973, no impidió la publicación del disco Todos os olhos, en cuya portada se ve una canica en el centro de un orificio que parece ser un ano, pero que, en realidad, es la boca de una mujer.

“Décio Moraes, publicista, en realidad tuvo la idea de poner un ano femenino, y la novia de su socio aceptó hacer la foto. Pero era tan difícil conseguir el ángulo correcto para la imagen que decidieron poner labios alrededor de la canica. Tuvo tanto éxito que las tiendas lo exhibieron en los escaparates. A veces, nos poníamos otra ropa para que no nos reconocieran y bromeábamos: “Voy a ver un ano en la Praça da República”, se ríe.

Lejos de ser un músico nostálgico, Tom Zé ve la misma irreverencia, talento e innovación en la música brasileña contemporánea. No es casualidad que, en los últimos años, haya colaborado con artistas como Emicida, Mallu Magalhães y el grupo O Terno, por citar algunos. “La música brasileña actual me enorgullece, es digna del tropicalismo. Esta generación sabe cómo tomar cualquier referencia, cómo obtener cualquier información de cualquier parte del mundo. Escuchan cosas de Londres y Estados Unidos, absorben esas referencias y las transforman en algo tan auténtico que esa misma gente de Estados Unidos y Londres luego les compra. Es increíble. ¡In-cre-í-ble! Brasil siempre ha sido así en la música.

El maestro del contrapunto

Si hoy Brasil tiene a Tom Zé es gracias a un tal Renato Portela, un auténtico Platón que le metió ideas metafóricas en la cabeza desde los 10 años, A los 17 años, Portela le presentó la guitarra. “El día que tocó la guitarra delante de mí en la plaza del pueblo tuve una intuición, perdí el conocimiento. ¡Me encantó! No es de extrañar que me convirtiera en un estudiante fanático del contrapunto. Ese día decidí estudiar guitarra y empecé a hacer música”, cuanta Tom Zé.

El contrapunto —nota contra nota, que, en movimiento opuesto, se considera la perfección— es una de las pasiones de su vida. Descubrirlo despertó en él el mismo asombro y encanto que cuando vio encenderse una bombilla por primera vez en 1950. Y en la Facultad de Música de la Universidad Federal de Bahía perfeccionó ese amor durante cinco años. También fue allí donde conoció a Moraes Moreira, de quien fue profesor de guitarra. ”Se presentó allí con ropa de chico de interior. Le dije que no podría pagar mis clases, que eran muy caras. Pero insistió en aprender, porque era un compositor. Le pedí que cantara y, cuando abrió la boca, decidí darle clases gratis. Moraes aprendió en dos meses, porque estudió tanto que volvía a clase sabiendo más que yo”.

Tom Zé habla mucho. Pero, tal vez, por ese escepticismo que destila hacia su propio intelecto prefiere hablar más de sus colegas que de su propia obra. Maestro en salir del paso, recurre una vez más a la cultura popular para evitar dar detalles de lo que bulle en su cabeza y que se traducirá en sus próximas canciones: “En Bahía dicen: la mujer que habla demasiado pierde a su amor. Parece que el secreto forma parte de la fuerza para trabajar”.

Fuente: El País

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